MATRÍCULA

La enseñanza en valores y el legado de Mary

12 /  MAYO 2026

La educación en valores constituye uno de los pilares fundamentales para la formación integral de toda persona. Más allá de los conocimientos académicos, son los valores los que moldean el carácter, fortalecen la convivencia y permiten construir una sociedad más humana, respetuosa y consciente. Educar en valores es formar personas capaces de actuar con honestidad, empatía, responsabilidad y amor hacia los demás; es dejar un legado desde el corazón.

Sin embargo, los valores no se enseñan únicamente con discursos o lecciones teóricas; se transmiten principalmente a través del ejemplo. Cada palabra, cada acción y cada decisión que tomamos frente a nuestros hijos y estudiantes deja una huella profunda en ellos. Los niños aprenden observando. Nos ven actuar en casa, en el trabajo, con nuestros amigos, en los momentos de dificultad y también en los momentos de alegría. Ellos imitan nuestras reacciones, nuestra manera de tratar a los demás y la forma en la que enfrentamos la vida.

Por ello, reflexionar sobre nuestro comportamiento diario es una tarea indispensable. Como adultos, debemos preguntarnos constantemente qué ejemplo estamos dando y qué enseñanzas transmitimos con nuestras acciones cotidianas. La coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos es, quizás, la lección más poderosa que podemos ofrecer.

Nuestra fundadora del Departamento de Valores Mary de Rodríguez afirmaba: “Hablar de valores es hablar sobre las virtudes innatas que existen en cada uno de nosotros y saber cómo ponerlas en práctica. Es por esto que no se podría hablar de educación sin la enseñanza de valores.”

Estas palabras nos recuerdan que los valores forman parte de la esencia humana y que la verdadera educación debe ayudar a descubrirlos, fortalecerlos y vivirlos diariamente.

Asimismo, nuestra fundadora hablaba de una realidad incuestionable: “Los padres son los primeros y los más importantes responsables de formar a sus hijos en esta filosofía de vida.”

La familia constituye el primer espacio de aprendizaje y formación. Es allí donde se construyen las bases emocionales, afectivas y morales que acompañarán a los hijos durante toda su vida. No obstante, también reconocía que la tarea de educar
en valores se ha vuelto cada vez más desafiante.

Los cambios acelerados de las últimas décadas, impulsados por los avances tecnológicos, la inmediatez y una constante lluvia de distractores muchas veces mal entendidos bajo la perspectiva del consumismo y la competitividad, han provocado una alteración en la jerarquía de valores. En muchos casos, se prioriza el bienestar material por encima de la dignidad de la persona, descuidando aspectos esenciales como la empatía, solidaridad, respeto y la vida familiar.

Frente a esta realidad, Mary afirmaba que aquí nace el gran desafío de todo padre y educador: desarrollar la tarea de formar integralmente a niños y jóvenes, procurando suplir las carencias formativas que puedan existir mediante herramientas fundamentales como la comunicación, la afectividad y la comprensión.

Educar en valores exige tiempo, cercanía y presencia. Exige escuchar, dialogar, orientar y acompañar. Los hijos y estudiantes necesitan sentirse amados, comprendidos y guiados, especialmente en una sociedad donde muchas veces predominan mensajes contradictorios.

Nuestra fundadora también nos recordaba la importancia de ejercer una autoridad firme, razonable y cuidadosa: “No debemos olvidar que la firme autoridad, a la vez que razonable y cuidadosa, proporciona a los niños un sentido de seguridad. A medida que ellos crecen, necesitan aumentar su libertad y autonomía, pero regida siempre por la misma autoridad.”

Estas palabras reflejan una visión equilibrada de la educación: formar con amor, pero también con límites claros; acompañar con comprensión, pero sin renunciar a la responsabilidad de orientar y corregir cuando sea necesario. La autoridad ejercida con respeto y coherencia brinda estabilidad emocional y ayuda a los niños y jóvenes a crecer con seguridad y criterio propio.

Hoy más que nunca, la sociedad necesita adultos capaces de convertirse en referentes positivos para las nuevas generaciones. Padres, maestros y educadores tenemos la misión de enseñar con el ejemplo, de vivir aquello que deseamos transmitir y de recordar que cada gesto cotidiano puede convertirse en una enseñanza imborrable.

Sembrar valores es sembrar esperanza. Y cada palabra de respeto, cada acto de bondad, cada muestra de empatía y cada ejemplo de honestidad representan un aporte invaluable para construir un mejor futuro para nuestros hijos, nuestros
estudiantes y nuestra sociedad.

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