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¿Estamos educando niños de cristal?

25 / FEBRERO 2026

¿Estamos educando niños de cristal?

Hoy en día padres y educadores debemos cuestionarnos seriamente la forma en que estamos educando y formando a las nuevas generaciones. La dificultad radica en que, especialmente, los padres tienen actitudes de total permisividad y casi nada de autoridad. Esta tendencia, que muchos justifican como “crianza respetuosa”, está derivando en un fenómeno preocupante: niños que se quiebran ante la mínima frustración, que interpretan cualquier corrección como agresión y que crecen sin desarrollar la fortaleza emocional necesaria para enfrentar la vida real.

Vivimos en una época donde los adultos, con la mejor intención, buscan evitar que los niños sufran. Sin embargo, al eliminarles toda incomodidad, les estamos privando de algo esencial: la oportunidad de aprender a tolerar la frustración, a esperar, a esforzarse, a equivocarse y a levantarse.

La psicología contemporánea coincide en que la resiliencia no se enseña con discursos, sino con experiencias. Un niño al que nunca se le dice “no”, difícilmente aprenderá a manejar la frustración cuando la vida, que no negocia con caprichos, se la presente.

Uno de los grandes malentendidos actuales es confundir autoridad con dureza. La autoridad sana no humilla, no grita, no impone por miedo. La autoridad guía, contiene, marca límites claros y coherentes. Los niños necesitan adultos que sepan decir “hasta aquí”, no porque disfruten del control, sino porque entienden que los límites son una forma de amor. Un niño sin límites no se siente libre; se siente perdido.

En los centros educativos vemos cada vez más estudiantes que se frustran con facilidad, que esperan soluciones inmediatas, que interpretan cualquier retroalimentación como ataque personal. Y, paralelamente, vemos padres que intervienen para evitar que sus hijos enfrenten consecuencias naturales: reclaman por una mala nota, justifican conductas inapropiadas, exigen excepciones.

La escuela termina siendo el escenario donde se evidencian las grietas de una crianza que evita el conflicto en lugar de enseñarlo a gestionar.

Si queremos formar jóvenes capaces de pensar, decidir, perseverar y convivir, necesitamos recuperar el equilibrio.

  • Permitir la frustración, porque es parte del crecimiento.
  • Establecer límites claros, porque dan seguridad.
  • Fomentar la autonomía, porque fortalece la autoestima.
  • Acompañar con afecto, pero sin anular la responsabilidad.

No estamos criando “niños de cristal” porque ellos sean frágiles por naturaleza, sino porque los adultos hemos dejado de ejercer nuestro rol con firmeza y coherencia.

La buena noticia es que aún estamos a tiempo. La fortaleza emocional se construye día a día, con pequeñas decisiones: dejar que intenten, que se equivoquen, que esperen, que asuman consecuencias, que descubran que pueden más de lo que creen.

Educar es un acto de amor, pero también de valentía. Y hoy, más que nunca, necesitamos adultos valientes.

Por: Andrés Rodríguez, Director General Colegio Isaac Newton.

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